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La Despedida

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EL rodar de un carruaje  que vino a detenerse  ante la puerta, despertó de sus  meditaciones  al general Belgrano.

“Señor, el coche”  anunciaron, “partimos cuando usted guste”.

“Nada tengo que esperar” repuso  el general “vamos”.

En aquel momento, la calle se pobló  de rumores de voces, y de las pisadas de numerosos pies.

Un joven apareció, acompañado de una treintena de niños.  Todos entraron en el patio de la casa.

¿Qué significa ese ruido? preguntó el  general.

EL capellán salió y regresó un instante después.

“Señor general”,  dijo con voz emocionada, son los niños de la escuela con su maestro, quienes desean saludarle y desearle un feliz viaje.

EL semblante de Belgrano mostró la más profunda sorpresa, y de pronto se iluminó con una grande e íntima alegría.

¡Los niños! ¡Mis niños!, exclamó, “que entren, quiero verlos”.

Al momento, se vio rodeado de los muchachos que recibían instrucción primaria en la escuela de Tucumán, una de las cuatro fundadas por Belgrano,  con los cuarenta mil pesos que le diera el gobierno, como premio por la victoria en Salta. El maestro explicó que, a pesar de haber el general visitado  la escuela para despedirse, había  creído su deber acudir con los niños para dar el último saludo, en el momento de la partida, al benemérito fundador. Poco después  se retiró el maestro con sus alumnos, y el general  transfigurado el rostro, los siguió con la vista hasta que desaparecieron.

Por primera vez, en muchos años, una dulce felicidad los inundaba. Había creado, pues,  algo más durable que los laureles de la victoria: ¡La Escuela, cuna de las civilizaciones, foco perenne de luz!

Belgrano alzó los ojos, ya no sombríos ni tristes, e indicando el carruaje, dijo a sus amigos “partamos ahora, para conservar como último recuerdo de Tucumán, esta grata y dulce impresión.

Ada M. Elflein

Libro: Manantial

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