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Y Llegaron…

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Llegados desde los más diversos orígenes, los inmigrantes aportaron su impronta renovadora a la identidad de nuestro país, personas que vinieron en busca de la tierra prometida y se encontraron, nada menos, que con su nuevo hogar.

Entre 1857 y 1930 la llegada de europeos y mediterráneos cambió por completo la composición étnica de la población hispano-criolla-indígena y mulata. Más de 6 millones llegaron al país, muchas de ellas (cuenta Martín Llambí) lo hicieron como trabajadores estacionales y volvieron a sus hogares. Pero en el país quedaron 3.385.000 nuevos habitantes.

Los inmigrantes llegaban cargados de esperanzas, aunque también tristes por haber dejado sus lugares de origen. Muchos tenían miedo e incertidumbre ante lo desconocido.

Al principio, la mayoría eran hombres solos que se aventuraban para después llamar y traer a las familias.

John Hamilton nació en 1860 en el norte de Escocia. No había cumplido 20 años cuando viajó a las Islas Malvinas, contratado por una empresa ganadera para trabajar en una compañía inglesa de tierras. Después de 10 años de trabajo duro bajo un clima también duro, con sus ahorros compró tres islas. Trajo animales, plantó árboles y construyó una cabaña que aún existe. Más tarde, en compañía de 3 escoceses tenaces y aventureros se aprestó a iniciar la hazaña más importante de su vida (“el gran arreo”). Consiguió cerca de Necochea, 200 caballos, 300 yeguas y 6 padrillos y se dirigieron a Río Negro, donde compraron 5000 ovejas. Para arrearlas hasta Río Gallegos debieron hacer “un viajecito” de más de 2000 km atravesando toda la Patagonia. Esto duró 2 años, tuvieron que atender las pariciones, las esquilas y los baños antisárnicos para las ovejas. La parte más complicada fue cruzar los ríos Negro, Chubut, Deseado, Chico y el caudaloso Santa Cruz. Llevaron yeguarizos, y con su carne fresca o en charque, se alimentaban, y con sus cueros hacían unas especie de balsas “pelotas”  dirigidas con sogas, como lo hacían los indios, con las que cruzaban a los animales de a 1 o de a 2 los ríos. Anécdotas? Infinitas. Durante la travesía llegaron a compartir un fogón con el Perito Francisco Moreno, se perdieron y casi mueren de sed, y durmieron a la intemperie envueltos en ponchos de lana y quillangos de guanaco con la piel para el lado de adentro.

En 1914, más de la mitad de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires no eran argentinos. Por otra parte, 9 de cada 10 extranjeros se radicaron en la región pampeana, y el 62% en la ciudad o provincia de Buenos Aires.

De acuerdo al testimonio de ellos mismos, la sorpresa era mayúscula al ver en la Buenos Aires de fin del siglo XIX sistemas sanitarios tan rudimentarios, su transporte público con tranvías tirados por caballos, sus mujeres pudientes en carruajes y el hacinamiento de los conventillos. Muchos se alojaron en el Hotel de los Inmigrantes y fueron mano de obra en las vías del subte A.

Su cultura y sus costumbres se mimetizaron rápidamente con los distintos puntos geográficos que eligieron para afincarse. Sus modismos lingüísticos y sus acentos le terminaron por dar forma al estilo argentino con el que se habla el español. Su esfuerzo y visión a futuro potenciaron el perfil productivo de nuestras tierras. Pero, por sobre todas las cosas, los inmigrantes predicaron con el ejemplo de cómo se puede amar y armar un país sin importar el color de su pasaporte de origen.

Colaboración: Josefina Biancofiore

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